jueves, 22 de octubre de 2015

El chico de las poesias

Tenía 12 años, y él también. Recuerdo que fue un sábado en el mes de abril del 2008, cuando el clima en mi ciudad cambia (se vuelve más frío y húmedo, por la brisa del mar tal vez); pero ese día fue soleado, prometía un gran día. 
Miércoles, mitad de la semana, en el aula del 1ero "B"  de dos niveles y seis aulas, estábamos en el primer nivel; para ser exactos era la fila cuarta, justo en el medio del salón y a mi izquierda, él (con su sonrisa); recuerdo la frase de invitación: “El sábado en la tarde iré al cercado a comer un helado, ¿me acompañas?" 
Después de esa frase de invitación se me vino un montón de dudas; la primera y las mas importante, ¿un helado en estos días fríos?; la verdad no me importó (que me dé un resfrío o una pulmonía, jajaja), porque el chico que me gustaba me invitaría un helado y seguro hablaríamos mucho de nosotros. 
Era sábado, cinco con treinta minutos  de la madrugada; me había enviado un mensaje la noche anterior indicándome lugar y hora con una frase final (que me conmovió, era el primer chico que me lo decía), “buenas noches princesa". Era de madrugada aún y ya sabía que me pondría para la tarde; una blusa floreada, un jean claro y balerinas negras (iría con el cabello suelto, porque quizás no me había visto así). 
Pues llegó el momento, eran las cinco con treinta minutos de la tarde; como era de esperarse él estaba sentado en la banca que daba en frente a la iglesia principal de Camaná; sí, sucedió en Camaná. No puedo describir aquella sensación entre angustia y alegría; pues, nunca había hecho estas cosas, mis amigas mayores hablaban de estas cosas, de las citas con chicos y más; pero esto era nuevo para mí; en fin él estaba allí. Pensé unos minutos, me acerqué y lo besé en la mejilla derecha, y me dijo: “Hola, ¿cómo estás?" y respondí: “supongo que muy bien"; me senté a su lado, me sonrió, se acercó a mi rostro lentamente, cerró los ojos (como quien los hace para besar a alguien); pero no, porque abrió los ojos (uf esos ojos), y dijo: “en verdad eres chinita", nos reímos, alago mi cabello y hablamos sobre un montón de cosas; pero no comimos helados. 
Habían transcurrido tres semanas, quizás un poco mas; días de amistad, de salidas y trabajos en grupos del colegio (me gustaba verlo hacer sus trabajos, se veía tan guapo); un día de esos un amigo suyo se me acercó y me explicó que él estaría esperándome detrás de los servicios higiénicos; está bien, no fue lo más romántico; entonces yo estaba en el lugar, me puse nerviosa cundo me toco las manos y mirándome a los ojos mencionó una frase que oí por primera vez, la cual marcó el inicio de otra historia.


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