Le
dijo ya es hora; y cuando observó su reloj de mano (por cierto era una negro,
no tan caro, pero que le daba un toque elegante a su atuendo), se sorprendió y
se apresuró a darle un beso en la frente; ella esperaba uno en los labios; uno
fuerte como sus brazos.
Hace
una semana que empezó esto. Ellos no saben a qué dirección van; pero de lo que están
seguros es de que sus cuerpos se atraen, sus sonrisas son espontaneas y vividas.
Son diferentes, el habla de realidades con la salud pública y ella le cuenta sus
sueños. El cree en su mirada; que para asegurarse de estar bien, la revisa para
no diagnosticar ningún mal, que no deba de preocuparse. Hace una semana que
juegan a no saber nada del otro para conocerse otra vez y reinventar sonrisas
con cuentos nuevos.
Ella
no sabe mucho de él, y no cree que lo necesite saber; él no sabe mucho de ella
y no cree que lo deba de saber. Saben una cosa (otra vez), que cada día, hay un
encuentro. Ayer no vio la luna (es más creo que no había), se ocupó de
emergerse en sus ojos, ella quiere
descubrirlo así.

Que bonita es ir conociendo a otra persona y más descubrir algo tuyo en ella cada día.
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